Cuerpos y almas(v.2) by Maxence Van Der Meersch

Cuerpos y almas(v.2) by Maxence Van Der Meersch

Author:Maxence Van Der Meersch
Language: es
Format: mobi
Tags: Dramática
ISBN: 9788401100048
Publisher: Plaza & Janés Editores, S.A.
Published: 2011-08-29T22:00:00+00:00


CAPÍTULO X

Mientras Doutreval, con Vallorge y Groix, se hallaba en el instituto profiláctico de Ámsterdam a punto de terminar su conferencia ante la asamblea de profesores, Regnoult, que se había quedado de guardia en el Hotel Regina, llegó en taxi a toda velocidad. Traía un telegrama de Francia. Doutreval se disculpó, se retiró a un saloncito contiguo al anfiteatro, y procurando contener el temblor de las manos, abrió el despacho, mal pegado. Lo firmaba Huot. Contenía una sola palabra: «Venga».

Doutreval lanzó un extraño suspiro, el gemido de una bestia apaleada. Dio el papel a Vallorge. La avista se le nubló y un sudor frío cubrió su frente.

Fue lentamente a sentarse y su rostro cobró una oscura lividez. Se dio cuenta de que alguien se ocupaba de él. Era Regnault, que trataba de aflojarle el cuello de la camisa. Doutreval, con un altanero ademán, apartó de si a Regnoult y le dijo:

—¡No!

Con un inmenso esfuerzo se levantó, permaneció de pie, apoyándose en al mesa, y conteniendo su desfallecimiento, miró a Vallorge que sollozaba, sentado, cubriéndose el rostro con el pañuelo.

—Hay que partir en seguida —murmuró Regnoult.

—Si... sí.

—El coche.

—Ludovic.

Vallorge tenía el rostro lívido.

—Pronto... el coche. Llenad el depósito...

—¿Y esos señores?

—Es verdad... —dijo Doutreval con infinito cansancio. Dio un suspiro y se incorporó.

—Está bien. Terminaré.

—¿Terminar?

—Es preciso. Vete, Ludovic. Ven a recogerme dentro de media hora. Ya habré terminado.

Por un instante miró fijamente a la puerta. Vacilaba. Regnoult se compadeció de su dolor.

—Presente usted sus excusas...

—¿Qué haré durante esta media hora? —dijo Doutreval. ¡No!

Pálido como un muerto, se dirigió cojeando hacia la puerta.

Al entrar de nuevo en el anfiteatro se excusó con breves palabras. Y dio término a su conferencia. Se oía hablar a sí mismo como si escuchara a otro. Tenía la impresión de estar borracho. Estaba viviendo un sueño. Al terminar estalló una salva de aplausos. Entonces levantó la mano y mostrando con gesto desmayado el papelito gris, el telegrama de Francia, dijo:

—Les ruego, señores... Mi hija ha muerto..., Mi hija...

Se le apagó la voz. Se dio cuenta de que iban a saltarle las lágrimas,. Se volvió bruscamente de espaldas y salió de la estancia en medio de una súbita y silenciosa consternación del auditorio.

El «Renault» corría a ciento treinta por hora por las largas carreteras asfaltadas, sinuosas, relucientes, a través de la opulencia de los fértiles prados, surcados de regueras y jalonados de molinos.

Acá y acullá se veían vacas blancas y rosadas, dormidas, con las patas encogidas y campesinas que volvían de ordeñar llevando en las manos sendos cubos esmaltados, encarnados y verdes, llenos de blanca leche. Ludovic iba a una velocidad infernal.

A cada viraje se oía el agudo gemido de los neumáticos sobre el firme alquitranado. El motor producía un ronquido sordo, contenido, continuo, potente, que resonaba bajo los tilos y las paredes de las bajas casonas, asustaba a las gallinas y hacía correr a los polluelos. Frecuentes paradas, puentes levantados, barreras de peaje —vestigios de otro tiempo—, exasperaban a Doutreval. Había que soltar medio florín para volver seguir adelante. Vallorge pisaba el acelerador.



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